domingo, 13 de junio de 2010

Escribir a mano


El Hombre empezó a escribir sobre piedra o arcilla pero como eran unos materiales muy pesados y difíciles de manejar apareció la triada de las “P”: papiro, pergamino y papel. El papiro era una planta que crecía a orillas del Nilo pero su elaboración era muy laboriosa. El pergamino se sacaba de la piel de un animal (ternera, cabra, oveja...) y su nombre venía de Pérgamo (ciudad de Asia Menor). Fue soporte de la escritura desde el siglo III hasta que los árabes introdujeron el papel en el siglo VIII.

El papel lo descubrió Tsi Lun (siglo V DC) que era oficial de un Emperador chino. Tardó mucho en llegar a Occidente. Los árabes lo copiaron a partir del 751 DC al descubrirlo entre algunos artesanos prisioneros de guerra tras una victoria sobre los chinos en Samarkanda. La utilización masiva del papel fue uno de los mayores avances en la historia de la cultura, ligado después a la Imprenta y muy relacionado con ella.
Escribir es rendir tributo a la incesante búsqueda del hombre, a sus esfuerzos, a sus desvelos, a su constante inventiva. Crear es su esencia, lo que le hace humano: la inteligencia del hombre es creadora.

Tras la revolución tecnológica de finales del pasado siglo, nos encontramos en un periodo de transición en el que “parece” que la palabra escrita ya no es lo fundamental. Sin embargo, no creo que el libro desaparezca jamás porque, aunque así fuera, la escritura seguiría existiendo en roca, papel o pantalla de ordenador pues el lenguaje pertenece al hombre y es tan inseparable de él como su propia piel. Necesita grabar, esculpir, dibujar... no importa donde, todo sirve. Para ello, ha utilizado estiletes, plumas de ave y diversos pigmentos. Es curioso, pero a pesar del rígido formalismo del Derecho Romano, Constantino decretó que, en peligro de muerte, sus soldados podían hacer su testamento escribiendo en el polvo, o en la espada o el escudo, con su propia sangre (tinta que no recomiendo en absoluto).

Solo el ser humano puede captar el pensamiento, tanto individual como colectivo, mediante símbolos. Además, la escritura potencia todas las habilidades de la comunicación. Aprender a escribir es un proceso que permite integrarse en un entorno cultural y social alfabetizado. Aunque se insiste mucho en que vivimos en la sociedad de la imagen, estamos en una época muy alfabetizada en la que la escritura es una actividad común que todos tenemos necesidad y obligación de dominar. No todos tenemos que ser escritores pero nadie tiene que ser esclavo.

Me encanta la veneración que el pueblo Japonés tiene por la escritura. “Una buena letra atrae un buen marido”. Para un chino o japonés la escritura es un exclusivo signo de identidad que se esmeran en no perder. Consideran que los caracteres ya existen en el mundo y que el niño debe aprender a expresarlos en una hoja en blanco. La grafía es un regalo. A los dioses japoneses no les gusta escuchar oraciones, prefieren leerlas. Por eso, la gente escribe sus plegarias en notas y a los niños se les anima a hacerlo desde pequeños (sus madres y maestros les escriben sus deseos). En la fiesta del Tabanata, las notas se cuelgan de los árboles y el viento mueve las tiras de papel blanco como si fueran hojas nevadas o almendros en flor.
Escribir es muy barato, basta papel y pluma, y se puede hacer en cualquier parte. Pero se necesita una habitación propia, un espacio propio que preserve la necesaria soledad y nunca viene mal, como decía Virginia Wolf, añadir al propio espacio unas cuantas guineas.

La pulcritud del papel blanco nos invita a cumplir con la principal misión de escribir que es “la claridad”: iluminar un trocito de realidad. La realidad está en estado salvaje hasta que es iluminada por la palabra. Escribir es abrir un claro en el bosque de experiencias confusas, poner las cosas en limpio. Cocteau decía que “escribir es un acto de amor y si no lo es, no es escritura”.

Escribimos para darnos cuenta de lo que pensamos o sentimos, para que se abran los caminos, para tender un puente entre el pasado y el futuro, para dejar nuestra huella como el hombre primitivo la dejó en las profundidades de su cueva, para crear, es decir, para hacer que algo bello que no existía, exista.
Utilizar la mano para hacerlo es un verdadero lujo ya que tiene un gran poder: a lo largo de la Historia, todo lo que poseemos ha sido gracias a ella. La mano es un ser vivo y, como cada parte del Cosmos está en correspondencia con una parte de nuestro cuerpo, la mano está unida a todo el Universo. Es un canal de vida y de creatividad.

Una de las tradiciones que mas me gustan de Las Navidades es la de que nos felicitemos unos a otros con nuestro puño y letra, es mucho más elegante y entrañable que el gélido ordenador, pues, por muy sofisticado que sea, es una maquinita...


Amparo Ruiz Palazuelos

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